24 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

Ricas bendiciones de un sábado de descanso para la Tierra

Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra, ni podarás tu viña. Levítico 25:3, 4.

La fiesta de las Cabañas, de los Tabernáculos o de las Cosechas, con sus ofrendas de la huerta y del campo, el acampar durante una semana bajo enramadas, las reuniones sociales, el servicio recordativo sagrado, y la generosa hospitalidad hacia los obreros de Dios: los levitas del Santuario, y hacia sus hijos: el extranjero y el pobre, elevaba todas las mentes en gratitud hacia Aquel que había coronado el año con sus bondades, y cuyas huellas destilan abundancia.
Los israelitas devotos ocupaban así un mes entero del año. Era un lapso libre de cuidados y trabajos, y casi enteramente dedicado, en su sentido más verdadero, a los fines de la educación.
Al distribuir la herencia de su pueblo, Dios se proponía enseñarles, y por medio de ellos a las generaciones sucesivas, los principios correctos referentes a la propiedad. La tierra de Canaán fue repartida entre todo el pueblo a excepción
únicamente de los levitas, como ministros del Santuario. Aunque alguien vendiera, transitoriamente, su posesión, no podía enajenar la herencia de sus hijos. En cualquier momento en que estuviera en condición de hacerlo podría redimirla; las deudas eran perdonadas cada siete años, y el año quincuagésimo, o de jubileo, toda propiedad volvía a su dueño original. De ese modo la herencia de cada familia estaba asegurada y se proveía una salvaguardia contra la pobreza o la riqueza extremas.
Por medio de la distribución de la tierra entre el pueblo, Dios proveyó para él, lo mismo que para los moradores del Edén, la ocupación más favorable al desarrollo: el cuidado de las plantas y los animales. Otra provisión para la educación fue la suspensión de toda labor agrícola cada séptimo año, durante el cual se dejaba abandonada la tierra, y sus productos espontáneos pertenecían al pobre. De ese modo se daba oportunidad para profundizar el estudio, para que se realizaran cultos y hubiese intercambio social, y para practicar la generosidad, con tanta frecuencia asfixiada por los cuidados y trabajos de la vida.
Si hoy día se practicaran en el mundo los principios de las leyes de Dios, concernientes a la distribución de la propiedad, ¡cuán diferente sería la condición de la gente!—La Educación, 42-44.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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