24 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Misericordia y justicia

«La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron». Salmo 85: 10

LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA estaban apartadas, opuestas la una a la otra, separadas por un enorme abismo. El Señor nuestro Redentor revistió su divinidad de humanidad, y puso en evidencia en favor del ser humano un carácter sin mancha ni contaminación. Plantó su cruz a mitad de camino entre el cielo y la tierra, y la convirtió en el medio de atracción que alcanzó ambos extremos, atrayendo tanto la justicia como la misericordia a través del abismo. […] Allí la justicia vio que Uno igual a Dios recibía el castigo de toda injusticia y pecado. Con perfecta satisfacción se inclinó reverente ante la cruz, diciendo: «Basta».
Debido a la ofrenda hecha en nuestro favor, estamos en una situación ventajosa. El pecador, separado por el poder de Cristo de la confederación del pecado, se acerca a la cruz levantada y se postra ante ella. Entonces surge una nueva criatura en Cristo Jesús. El pecador es limpiado y purificado. Se le da un nuevo corazón. La santidad descubre que no tiene nada más que pedir. La obra de la redención implica consecuencias difíciles de concebir para la humanidad.
Había que impartir a los seres humanos que luchaban por conformarse a la imagen divina una vislumbre de los tesoros celestiales, una excelencia de poder que los pusiera por encima de los ángeles que nunca cayeron. La batalla se había librado, se había ganado la victoria. El conflicto entre el pecado y la justicia exaltó al Señor del cielo, y reafirmó delante de la familia humana salvada, delante de los mundos no caídos, delante de las huestes de malhechores, la santidad, la misericordia, la bondad y la sabiduría de Dios.— General Conference Bulletin, p. 33 (1899).

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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