23 de septiembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | Apoyo firme en Cristo

Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo. Romanos 15:13.

Ocasionalmente, el alma se estremece al sentir su indignidad; pero esto no es evidencia de que Dios haya cambiado respecto a nosotros, o nosotros con respecto a Dios… Por fe debemos aferramos de la mano de Cristo, y confiar en él tan plenamente en la oscuridad como en la luz.
Satanás puede susurrar: “Tú eres un pecador demasiado grande para que Cristo te salve”. Si bien debemos reconocer que somos en verdad pecaminosos e indignos, debemos afrontar al tentador exclamando: “En virtud de la expiación, me aferro de Cristo como mi Salvador. No confío en mis propios méritos, sino en la preciosa sangre de Jesús, que me purifica. En este mismo momento hago reposar mi alma en Cristo”. La vida del cristiano debe caracterizarse por la fe viva y constante. Lo que trae paz y seguridad al alma es la confianza inquebrantable en Cristo…
Cada obstáculo, cada enemigo interior, no hace sino aumentar nuestra necesidad de Cristo. El Salvador vino para quitar nuestro corazón de piedra y darnos uno de carne. Vayamos a él en busca de gracia especial para vencer nuestras faltas y defectos peculiares. Cuando nos asalte la tentación, resistamos decididamente los impulsos malignos; digámosle a nuestra alma: “¿Cómo podría yo deshonrar a mi Redentor? Me he entregado a Cristo; no puedo hacer las obras de Satanás”. Hemos de clamar a nuestro amante Salvador para que nos ayude a sacrificar todo ídolo y a apartarnos de todo pecado acariciado. Que el ojo de la fe vea a Jesús de pie ante el trono del Padre, presentando sus manos heridas mientras ruega por nosotros. Debemos creer que desde nuestro precioso Salvador llega hasta nosotros su fortaleza.
Contemplemos por fe las coronas apartadas para los que obtengan la victoria; escuchemos el cántico gozoso de los redimidos: “¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado y que nos ha redimido para Dios!” Esforcémonos por que estas escenas lleguen a ser reales. Esteban, el primer mártir cristiano, en su terrible conflicto con los principados y potestades, y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, exclamó: “¡He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está sentado a la mano derecha de Dios!” El Salvador del mundo le fue revelado, mirándolo desde el cielo con el más profundo interés; y la gloriosa luz del rostro de Jesucristo brilló sobre Esteban con tal resplandor que aun sus enemigos vieron cómo su rostro brillaba como el de un ángel.
Si tan sólo permitiésemos que nuestras mentes se concentraran más sobre Cristo y el mundo celestial, obtendríamos un poderoso estímulo y apoyo en nuestra lucha por ganar las batallas del Señor. El orgullo y el amor de este mundo perderán su poder mientras contemplemos las glorias de esa tierra mejor que pronto pasará a ser nuestro hogar. Cuando se las compara con la belleza de Cristo, todas las atracciones terrenales llegan a parecer insignificantes.—The Review and Herald, 15 de noviembre de 1887.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS
Elena G. de White

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