23 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

El mundo natural habla del creador

Alábenle los cielos y la tierra, los mares y todo lo que se mueve en ellos. Salmos 69:34.

La misma energía creadora que sacó el mundo a la existencia, sigue manifestándose en el sostenimiento del universo y en la continuación de las operaciones de la naturaleza. La mano de Dios guía los planetas en su marcha ordenada a través de los cielos. No se debe a un poder inherente que la tierra continúe su movimiento en derredor del sol, año tras año, y produzca sus bendiciones. La palabra de Dios controla los elementos. Él cubre los cielos de nubes y prepara la lluvia sobre la tierra. Hace fructíferos los valles, y hace “a los montes producir hierba”. Salmos 147:7, 8. Por su poder crece la vegetación, aparecen las hojas y se abren las flores.
Todo el mundo natural está destinado a ser intérprete de las cosas de Dios.
Para Adán y Eva en su hogar del Edén, la naturaleza estaba llena del conocimiento de Dios, rebosante de instrucción divina. Para sus oídos atentos, hacía repercutir la voz de la sabiduría. La sabiduría hablaba al ojo, y era recibida en el corazón, porque ellos comulgaban con Dios en sus obras creadas. Tan pronto como la santa pareja transgredió la ley del Altísimo, el esplendor del rostro de Dios se apartó de la faz de la naturaleza. Ésta ahora está arruinada y mancillada por el pecado, pero las lecciones objetivas de Dios no se han obliterado; aun ahora, cuando se la estudia e interpreta correctamente, habla de su Creador.—Consejos para los Maestros Padres y Alumnos acerca de la Educación Cristiana, 177, 178 (edición de 1991).
Así como se revela la verdad divina en la Sagrada Escritura, así también se refleja, como en un espejo, en la faz de la naturaleza; y a través de su creación llegamos a familiarizarnos con el Creador. Por eso el libro de la naturaleza es un gran libro de texto, que los maestros que son sabios pueden usar conjuntamente con las Escrituras para guiar a las ovejas perdidas de vuelta al aprisco del Señor.
Mientras se estudian las obras de Dios, el Espíritu Santo imparte convicción a la mente. No se trata de la convicción que producen los razonamientos lógicos; y a menos que la mente haya llegado a estar demasiado oscurecida para conocer a Dios, la vista demasiado anublada para verlo, el oído demasiado embotado para oír su voz, se percibe un significado más profundo, y las sublimes verdades espirituales de la Palabra escrita quedan impresas en el corazón.
El modo más eficaz de enseñar a los paganos que no conocen a Dios es a través de las obras de Dios. De esa forma, mucho más fácil que por algún otro método, pueden ser llevados a darse cuenta de la diferencia entres sus ídolos, obras de sus propias manos, y el Dios verdadero, el Hacedor de los cielos y la tierra.—Special Testimonies on Education, 58, 59.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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