22 de septiembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | El sacrificio que agrada a Dios

«Dichoso el que piensa en el débil y pobre; el Señor lo librará en tiempos malos». Salmo 41:1, DHH

SOMOS SERVIDORES DE DIOS, dedicados a su obra. En la gran urdimbre de la vida no hemos de entretejer ninguna hebra de egoísmo; porque arruinará el tejido. Pero, ¡qué irreflexivos pueden ser los seres humanos! Qué pocas veces consideran como propios los intereses de los hijos de Dios que sufren. Los pobres se encuentran por todas partes a nuestro alrededor, pero muchos pasan de largo, sin prestarles atención, indiferentes, sin hacer caso de las viudas y los huérfanos que, habiendo quedado sin recursos, sufren en silencio y en soledad. Si el rico colocara en el banco un pequeño ahorro que estuviera a disposición de los necesitados, ¡cuánto sufrimiento se evitaría! El santo amor divino debiera inducir a cada uno de nosotros a que nos demos cuenta de que tenemos el deber de cuidar de otros, manteniendo así vivo el espíritu de generosidad. […]
El Señor nos honra convirtiéndonos en su mano ayudadora. En lugar de quejarnos, alegrémonos de tener el privilegio de servir a un Amo tan bueno y misericordioso.— Carta 112, 1902 (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 1133).
Miren lo que dice el Señor: «El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: […] en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes. Entonces brillará tu luz como el amanecer (Isa. 58: 6-8, DHH). […]
Recuerdo el caso de un hombre pobre que vivía cerca de una viuda adinerada. […] Ella había hecho arreglar su jardín, y los troncos y ramas que habían cortado yacían al lado de la cerca. Su vecino pobre le pidió el pequeño favor de emplear esas ramas para el fuego de su casa; pero ella se las rehusó diciendo: «No puedo dárselas; porque las cenizas de estas ramas abonarán mi jardín». Nunca paso frente a la casa de esa mujer sin que me venga a la mente ese incidente: ¡La tierra abonada a costa del abandono del pobre!.— Review and Herald, 23 de diciembre de 1884.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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