21 de septiembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | El plan de redención es un don

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Efesios 1:3.

“Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo;… y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”. Efesios 2:4-7.
Tales son las palabras con que “Pablo el anciano”, “prisionero de Cristo Jesús”, escribiendo desde su cárcel de Roma, se esforzó por presentar a sus hermanos, aquello para cuya presentación plena el lenguaje le resultaba inadecuado: “las inescrutables riquezas de Cristo”, el tesoro de la gracia que se ofrecía sin costo a los caídos hijos de los hombres. El plan de la redención se basaba en un sacrificio, un don. Dice el apóstol: “Porque ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”… Y tenemos como bendición culminante de la redención, “la dádiva de Dios”que “es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”…
Por cierto que nadie, al contemplar las riquezas de su gracia, podrá menos que exclamar con el apóstol: “¡Gracias a Dios por su don inefable!”
Así como el plan de la redención comienza y termina con un don, así debe ser llevado a cabo. El mismo espíritu de sacrificio que compró la salvación para nosotros, morará en el corazón de aquellos que lleguen a participar del don celestial. Dice el apóstol Pedro: “Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros, como buenos dispensadores de las diferentes gracias de Dios”. Dijo Jesús a sus discípulos al enviarlos: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. En aquel que simpatice plenamente con Cristo, no habrá egoísmo ni exclusivismo. El que beba del agua viva hallará que “será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. El Espíritu de Cristo es en él como un manantial que brota en el desierto y fluye para refrigerar a todos, y hacer que los que están por perecer deseen beber del agua de la vida. Fue el mismo espíritu de amor y abnegación que había en Cristo el que impulsó al apóstol Pablo en sus múltiples labores. “A griegos y bárbaros, a sabios y a no sabios—dijo—soy deudor”. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo”.—Joyas de los Testimonios 2:326-327.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS
Elena G. de White

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