20 de mayo | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | En amor por los demás

«Imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios». Efesios 5:1-2, NBD

«Después que Judas hubo salido, Jesús dijo: […] Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos». Juan 13: 31-35, DHH

HEMOS DE SEGUIR AL SEÑOR como hijos amados, ser obedientes a sus requerimientos, caminar en amor como él nos amó y se dio por nosotros, como una ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. El amor era el ambiente en el cual Cristo se movía, caminaba y trabajaba. Vino a rodear al mundo con los brazos de su amor. […] Debemos seguir el ejemplo presentado por Cristo y hacer de él nuestro modelo, hasta que tengamos el mismo amor por el prójimo que él manifestó por nosotros. El Señor Jesús trata de impresionamos con la profunda lección de su amor. […]

Si nuestro corazón se ha entregado al egoísmo, que Cristo lo llene de su amor. El desea que lo amemos plenamente, y nos anima, y aún más, nos manda que nos amemos los unos a los otros de acuerdo con el ejemplo que nos ha dado. Ha hecho del amor la insignia de nuestro discipulado. […] Esa es la medida que hemos de alcanzar: «Amense unos a otros. Tal como yo los he amado» (Juan 14: 34, NTV).

¡Qué amor más sublime, más profundo y más completo! Este amor no debe abarcar solamente a unos cuantos favoritos, sino que ha de llegar hasta la más baja y humilde de las criaturas de Dios. Jesús dice: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mat. 25: 41). […]

El amor y la compasión que Jesús quisiera que brindáramos a los demás no es sentimentalismo, que es una trampa; sino un amor de origen celestial, que Jesús practicó por precepto y ejemplo. Pero en lugar de manifestar ese amor, nos sentimos separados y enajenados los unos de los otros. […] El resultado es una separación de Dios, una experiencia frustrada, el menoscabo del crecimiento cristiano.— The Youth’s Instructor, 20 de octubre de 1892.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS

Elena G. de White

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