2 de diciembre | La maravillosa gracia de Dios | Elena G. de White | El hombre creado para gloria de Dios

Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. 1 Corintios 10:31.

Dios creó al hombre para su propia gloria, para que después de la prueba y la aflicción la familia humana pudiera llegar a ser una con la familia celestial. Era el propósito de Dios repoblar el cielo con la familia humana, si se manifestaban obedientes a cada palabra suya. Adán tenía que ser probado, para ver si sería obediente como los ángeles leales, o si sería desobediente. Si hubiera resistido la prueba, su instrucción para sus hijos hubiera sido como la mente y los pensamientos de Dios.—The S.D.A. Bible Commentary 1:1082.

Dios hizo a Adán de acuerdo con su propio carácter, puro y recto. No había principios corruptos en el primer Adán, no había propensiones corruptas o tendencias al mal. Adán era tan intachable como los ángeles que están delante del trono de Dios. Estas cosas son inexplicables, pero muchas cosas que no podemos entender ahora resultarán claras cuando veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos.—Ibid. 1082,1083.

Se dice de los santos hombres de la antigüedad que Dios no se avergonzaba de ser llamado Dios de ellos. Hebreos 11:16. La razón aducida es que en lugar de codiciar posesiones terrenales o buscar felicidad en planes o aspiraciones mundanos pusieron todo lo que tenían sobre el altar de Dios y lo dedicaron para edificar su reino. Vivieron únicamente para gloria de Dios y declararon sin ambages que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra, que buscaban una patria mejor, a saber, la celestial. Su conducta proclamaba su fe. Dios podía confiarles su verdad y podía dejar que el mundo recibiera de ellos un conocimiento de su voluntad.

Pero, ¿cómo está manteniendo el honor de su nombre el profeso pueblo de Dios en la actualidad? ¿Cómo podría el mundo llegar a la conclusión de que constituyen un pueblo peculiar? ¿Qué evidencia dan ellos de su ciudadanía celestial? …

La llaneza puritana y la sencillez debieran distinguir las moradas y la vestimenta de todos los que creen las solemnes verdades para este tiempo… Nuestro vestido, nuestras viviendas, nuestra conversación, debieran dar testimonio de nuestra consagración a Dios.—Testimonies for the Church 5:188, 189.

 

DEVOCIONAL ADVENTISTA

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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