19 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White

Agradezcamos a Dios

«Porque la contribución de este servicio suple no solamente lo que les falta a los santos, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios; pues al experimentar este servicio glorifican a Dios por la obediencia de ustedes al evangelio de Cristo, y por su generosa contribución para ellos y para todos. Además, ellos orarán por ustedes, pues los aman por la superabundante gracia de Dios en ustedes. ¡Demos gracias a Dios por su don inefable!». 2 Corintios 2: 9-15, RVC

PUESTO QUE LA GRAN MAYORÍA de los seres humanos ha rechazado el ofrecimiento inapreciable, el más sublime don que Dios podía conceder al mundo, el día del juicio final tendrá que hacerle frente a la más terrible sentencia. Todas nuestras bendiciones nos llegan por medio del don inestimable de Cristo. La vida, la salud, los amigos, la razón, la felicidad, son nuestros gracias a los méritos del Señor. ¡Ojalá que los jóvenes y los ancianos comprendan que todo nos viene por medio de la virtud de la vida y de la muerte de Cristo, y reconozcan que somos propiedad de Dios!
Por medio de su santa Palabra, de sus providencias, y de los mensajes que nos envía mediante sus siervos, Jesús está diciendo diariamente: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» (Apoc. 3: 20). Jesús nos ha dado su vida preciosa, para que lleguemos «a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de las pasiones» (2 Ped. 1: 4). Entreguémonos entonces a él como una garantía de nuestro amor agradecido. Si no fuera por el amor que generosamente se nos concede en Cristo, estaríamos actualmente en la más profunda desesperación, en la medianoche espiritual. Agradezcamos a Dios cada día por habernos dado a Jesús.— The Youth’s Instructor, 26 de abril de 1894.
El pensamiento de que Cristo murió para obtener en favor nuestro el don de la vida eterna, es suficiente para inspirar en nuestro corazón la gratitud más sincera y ferviente, y la más entusiasta alabanza de nuestros labios.— Review and Herald, 20 de septiembre de 1881.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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