18 de marzo | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Un carácter firme y fuerte


«Por esto, siempre trato de mantener una conciencia limpia delante de Dios y de toda la gente». Hechos 24:16, NTV

LA FIRMEZA DE CARÁCTER consiste en dos cosas: la fuerza de voluntad y el dominio propio. Muchos jóvenes consideran equivocadamente las fuertes y descontroladas pasiones como demostración de su fortaleza. La verdad, por el contrario, es que quien se deja dominar por sus pasiones es una persona débil. La verdadera grandeza y nobleza del ser humano se miden por su capacidad de controlar sus sentimientos, y no por el poder que tienen sus emociones de dominarlo a él. El individuo más fuerte es aquel que, aunque sensible al maltrato, refrena sin embargo la pasión y perdona a sus enemigos.— Conducción del niño, cap. 31, p. 172, adaptado.
No deberíamos perder en ningún momento el dominio propio, sino actuar en todo momento conforme al Modelo perfecto. Es pecado expresarse con impaciencia o con brusquedad, o llenamos de ira aun cuando no digamos nada. Debemos actuar con dignidad, y representar correctamente a Cristo. Hablar de forma airada es como golpear un pedernal contra otro: de inmediato saltan las chispas de las emociones enfrentadas. […]
En el hogar no usemos palabras ásperas e hirientes. Hemos de invitar al Huésped celestial a acudir a nuestro hogar, y al mismo tiempo hacer lo posible para que él y los ángeles celestiales moren con nosotros. Necesitamos recibir la justicia de Cristo, la santificación del Espíritu de Dios, la belleza de la santidad, a fin de revelar la Luz de la vida a los que conviven con nosotros. […]
Aquel emperador dijo en su lecho de muerte: «Entre todas mis victorias, hay una sola que me proporciona gran consuelo en este momento, y esa es la victoria que he logrado sobre mi propio temperamento turbulento». Alejandro y César encontraron más fácil subyugar al mundo que someterse a sí mismos. Después de haber sometido a una nación tras otra, sucumbieron ambos: uno, «víctima de la intemperancia; de una desmedida ambición, el otro».— Conducción del niño, cap. 13, pp. 96-97, adaptado.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White
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