18 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

Cómo aprender de la naturaleza sus lecciones más profundas

¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo? En su mano está el alma de todo viviente, y el hálito de todo el género humano. Job 12:9, 10.

Al mismo tiempo que los niños y los jóvenes obtienen el conocimiento de los hechos por medio de los maestros y libros de texto, pueden aprender a sacar lecciones y descubrir verdades por sí mismos. Cuando trabajan en el jardín, interróguenlos acerca de lo que aprenden del cuidado de sus plantas. Cuando contemplan un paisaje hermoso, pregúntenles por qué Dios vistió los campos y los bosques con tonos tan encantadores y variados. ¿Por qué no es todo de un tinte pardo sombrío? Cuando recogen flores, indúzcanlos a pensar por qué conservó para nosotros la belleza de esos restos del Edén. Enséñenles a notar por todas partes, mediante las evidencias que ofrece la naturaleza, el cuidado de Dios por nosotros, la maravillosa adaptación de todas las cosas a nuestras necesidades y felicidad.
Sólo aquel que reconoce en la naturaleza la obra del Padre, que en la riqueza y belleza de la tierra lee lo que ha sido escrito por él, aprende de las cosas de la naturaleza sus más profundas lecciones y recibe su elevado ministerio. Sólo puede apreciar plenamente el significado de la colina y el valle, el río y el mar, aquel que los contempla como una expresión del pensamiento de Dios, una revelación del Creador.
Los escritores de la Biblia hacen uso de muchas ilustraciones que ofrece la naturaleza, y si observamos las cosas del mundo natural, podremos comprender más plenamente, bajo la mano guiadora del Espíritu Santo, las lecciones de la Palabra de Dios. De ese modo la naturaleza llega a ser una llave del tesoro de la Palabra.
Debería animarse a los niños a buscar en la naturaleza los objetos que ilustran las enseñanzas bíblicas, y rastrear en la Biblia los símiles sacados de la naturaleza.
Deberían buscar, tanto en la naturaleza como en la Sagrada Escritura, todos los objetos que representan a Cristo, como también los que él empleó para ilustrar la verdad. Así pueden aprender a verle en el árbol y en la vid, en el lirio y en la rosa, en el sol y en la estrella. Pueden aprender a oír su voz en el canto de los pájaros, en el murmullo de los árboles, en el ruido del trueno y en la música del mar. Y cada objeto de la naturaleza les repetirá las preciosas lecciones del Creador.
Para los que así se familiaricen con Cristo, nunca jamás será la tierra un lugar solitario y desolador. Será para ellos la casa de su Padre, llena de la presencia de Aquel que una vez moró entre los hombres.—La Educación, 119, 120.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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