18 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White

Nos gloriamos en su resurrección

«Le dijo Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”». Juan 11: 25-26

DESPUÉS DE LA CRUCIFIXIÓN de Cristo, los sacerdotes y dirigentes no experimentaron la misma sensación de victoria que habían esperado. No se regocijaron por el éxito que habían obtenido al silenciar la voz del gran Maestro. Tenían temor. Ya su muerte estaba llamando la atención a su vida y carácter. Los sacerdotes se convencieron de que sus intentos de venganza habían fallado; y temieron al Cristo muerto, mucho más de lo que habían temido al vivo. […]
La luz de lo alto rodeó la tumba, y todo el cielo se iluminó con la gloria del ángel. Se aproximó al sepulcro, y quitando la piedra como si hubiera sido un guijarro, se sentó en ella. Entonces se oyó su voz diciendo: «Hijo de Dios, sal fuera; tu Padre te llama». Y Jesús salió de la tumba con el paso de un poderoso vencedor. Se sintió un clamor de triunfo, porque la familia celestial estaba esperando para recibirlo, y el poderoso ángel, seguido del ejército del cielo, se postró en adoración frente a él, el monarca del cielo, mientras él proclamaba sobre la tumba abierta de José: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11: 25).— The Youth’s Instructor, 28 de julio de 1898.
Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores de la vida del Hijo de Dios. No importa lo capaces y talentosos que sean, ni cuán amplias sean sus facultades, reciben nueva vida de la Fuente de toda vida. El es el Manantial, la Fuente de la vida.
Esa es la vida a la cual él renunció al hacerse hombre, y luego la retomó para concedérsela a toda la humanidad. Por eso Cristo nos dice: «Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante» (Juan 10: 10, LPH). […]
Cristo se hizo uno con la humanidad, para que la humanidad pudiera llegar a ser una con él por el Espíritu de vida. En virtud de esa unión en obediencia a la Palabra de Dios, su vida llega a ser nuestra vida. Y entonces dice al pecador arrepentido: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11: 25).— The Youth’s Instructor, 4 de agosto de 1898.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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