17 de septiembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | El trato con los vecinos

«Si tienes poder para hacer el bien, no te rehúses a hacérselo a quien lo necesite». Proverbios 3: 27

TAN DISPUESTO Y ANHELANTE ESTÁ el corazón del Salvador a recibimos como miembros de la familia de Dios, que desde las primeras palabras que debemos emplear para acercamos a Dios, él expresa la seguridad de nuestra relación divina: «Padre nuestro». […]
Al llamar a Dios «Padre nuestro», reconocemos a todos sus hijos como nuestros hermanos. Todos formamos parte del gran tejido de la humanidad; todos somos miembros de una sola familia. En nuestras peticiones hemos de incluir a nuestros prójimos tanto como a nosotros mismos. Nadie ora como es debido si solamente pide bendiciones para sí mismo.— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 5, pp. 159-161.
Estamos unidos al Señor por los vínculos más fuertes y la manifestación del amor de nuestro Padre debiera despertar el afecto más filial y la gratitud más sincera. Las leyes de Dios se fundamentan en una inmutable rectitud, y han sido establecidas para promover la felicidad de los que las obedecen. […]
En la lección de fe que Cristo enseñó en el Sermón del Monte se revelan los principios de la verdadera religión. La religión conduce al ser humano a una relación personal con Dios, pero no exclusivamente con él; porque los principios del cielo han de vivirse de manera que puedan ayudar y bendecir a la humanidad. Un verdadero hijo de Dios lo amará con todo su corazón, y amará a su prójimo como a sí mismo; se interesará por sus semejantes. La verdadera religión es el resultado de la obra de la gracia en el corazón, que hace que la vida fluya en forma de buenas obras, como lo hace una fuente alimentada de corrientes de agua viva.— Review and Herald, 18 de septiembre de 1888.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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