17 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

Muchas lecciones que aprender de la naturaleza

Alaben el nombre de Jehová; porque él mandó, y fueron creados. Los hizo eternamente y para siempre; les puso ley que no será quebrantada. Salmos 148:5, 6.

Es hermosa la descripción que hace el salmista del cuidado de Dios por las criaturas de los bosques: “Los montes altos para las cabras monteses; las peñas, madrigueras para los conejos”. Salmos 104:18. Él hace correr los manantiales por las montañas donde los pájaros tienen su habitación y “cantan entre las ramas”.
Salmos 104:12. Todas las criaturas de los bosques y de las montañas forman parte de su gran familia. Él abre la mano y satisface con “bendición a todo ser viviente”. Salmos 145:16.
El águila de los Alpes es a veces arrojada por la tempestad a los estrechos desfiladeros de las montañas. Las nubes tormentosas cercan a esta poderosa ave del bosque, y con su masa oscura la separan de las alturas asoleadas donde ha construído su nido. Los esfuerzos que hace para escapar parecen infructuosos. Se precipita de aquí para allá, bate el aire con sus fuertes alas y despierta el eco de las montañas con sus gritos. Al fin se eleva con una nota de triunfo y, atravesando las nubes, se encuentra una vez más en la claridad solar, por encima de la oscuridad y la tempestad.
Nosotros también podemos hallarnos rodeados de dificultades, desaliento y oscuridad. Nos cerca la falsedad, la calamidad, la injusticia. Hay nubes que no podemos disipar. Luchamos en vano con las circunstancias. Hay una sola vía de escape. Las neblinas y brumas cubren la tierra; más allá de las nubes brilla la luz de Dios. Podemos elevarnos con las alas de la fe hasta la región de la luz de su presencia.
Muchas lecciones se pueden aprender de ese modo. La de la confianza propia, del árbol que crece solo en la llanura o en la ladera de la montaña, hundiendo sus raíces hasta lo profundo de la tierra y desafiando con su fuerza la tempestad.
La del poder de la primera influencia, del tronco torcido, nudoso y doblado al cual ningún poder terrenal puede devolver la simetría perdida. La del secreto de una vida santa, del nenúfar que, en el fondo de un estanque sucio, rodeado por desperdicios y malezas, entierra su tallo acanalado hasta encontrar la arena pura y, sacando de allí su vida, eleva su flor fragante, de una pureza impecable, hasta encontrar la luz.—La Educación, 118, 119.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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