16 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White

No nos gloriemos en nosotros mismos

«Si alguien quiere hacer alarde de algo, que lo haga de que aprendió a conocerme, y de que entiende que yo .voy el Señor». Jeremías 9: 24, PDT

JACTARNOS DE NUESTROS MÉRITOS está fuera de lugar.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 28, p. 331.
El mandato no es: «El que se gloría, gloríese en sí mismo», sino que «El que se gloría, gloríese en el Señor» (2 Corintios 10: 17). […] No hay, por lo tanto, base alguna para que los seres humanos se glorifiquen a sí mismos. Todos nosotros le debemos a la gracia de Cristo cada bendición que gozamos, y cada buen talento que poseemos. Nadie debiera exaltarse a sí mismo como poseedor de sabiduría, justicia o algún bien material. […]
Los que tienen la más profunda experiencia en las cosas de Dios son los que están más apartados del orgullo y de la exaltación propia. Tienen el más humilde concepto de sí mismos, y el más elevado concepto de la gloria y la excelencia de Cristo. […] Cuando tenemos los ojos fijos en el cielo, y un claro concepto del carácter de Cristo, exaltaremos al Señor en nuestro corazón.
A medida que alguien vaya conociendo la historia del Redentor, irá descubriendo en sí mismo graves defectos. Su desigualdad con Jesucristo es tan grande, que ve la necesidad de que se produzcan cambios radicales en su vida. Sigue estudiando con el deseo de llegar a ser semejante a su gran Ejemplo. Percibe la apariencia, el espíritu de su amado Maestro. Al contemplarlo, al tener «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb. 12: 2), se transforma a su misma imagen.— Review and Herald, 15 de marzo de 1887.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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