15 de diciembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | Una lección de temperancia

Porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo. Lucas 1:15.

Dios había llamado al hijo de Zacarías a una gran obra, la mayor que hubiera sido confiada alguna vez a los hombres. A fin de ejecutar esta obra, el Señor debía obrar en él. Y el Espíritu de Dios estaría con él si prestaba atención a las instrucciones del ángel.

Juan había de salir como mensajero de Jehová, para comunicar a los hombres la luz de Dios. Debía hacerles sentir la santidad de los requerimientos de Dios, y su necesidad de la perfecta justicia divina. Un mensajero tal debía ser santo. Debía ser templo del Espíritu de Dios. A fin de cumplir su misión, debía tener una constitución física sana, y fuerza mental y espiritual. Por lo tanto, le sería necesario dominar sus apetitos y pasiones. Debía poder dominar todas sus facultades, para poder permanecer entre los hombres tan inconmovible frente a las circunstancias que le rodeasen como las rocas y montañas del desierto.

En el tiempo de Juan el Bautista, la codicia de las riquezas, y el amor al lujo y a la ostentación, se habían difundido extensamente. Los placeres sensuales, banquetes y borracheras estaban ocasionando enfermedades físicas y degeneración, embotando las percepciones espirituales y disminuyendo la sensibilidad al pecado. Juan debía destacarse como reformador. Por su vida abstemia y su ropaje sencillo, debía reprobar los excesos de su tiempo. Tal fue el motivo de las indicaciones dadas a los padres de Juan, una lección de temperancia dada por un ángel del trono celestial.

En la niñez y la juventud es cuando el carácter es más impresionable. Entonces es cuando debe adquirirse la facultad del dominio propio. En el hogar y la familia se ejercen influencias cuyos resultados son tan duraderos como la eternidad… Los hábitos formados en los primeros años deciden si un hombre vencerá o será vencido…

Como profeta, Juan había de “convertir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, para aparejar al Señor un pueblo apercibido”. Al preparar el camino para la primera venida de Cristo, representaba a aquellos que han de preparar un pueblo para la segunda venida de nuestro Señor. El mundo está entregado a la sensualidad. Abundan los errores y las fábulas. Se han multiplicado las trampas de Satanás para destruir a las almas. Todos los que quieran alcanzar la santidad en el temor de Dios deben aprender las lecciones de temperancia y dominio propio. Las pasiones y los apetitos deben ser mantenidos sujetos a las facultades superiores de la mente. Esta disciplina propia es esencial para la fuerza mental y la percepción espiritual que nos han de habilitar para comprender y practicar las sagradas verdades de la Palabra de Dios. Por esta razón, la temperancia ocupa un lugar en la obra de prepararnos para la segunda venida de Cristo.—El Deseado de Todas las Gentes, 75-76.

 

DEVOCIONAL ADVENTISTA

EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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