14 de abril | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | El buen camino


«Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Deuteronomio 6: 5, DHH

«Ama a tu prójimo, que es como tú mismo». Levítico 19: 18, DHH «El que nada debe, nada teme; el que mal anda, mal acaba». Proverbios 10: 9, DHH

EL PRIMER PASO en la senda de la vida es mantener la vista fija en Dios y conservar siempre la reverencia hacia él. Un solo acto contrario a la integridad moral embota la conciencia y abre la puerta a nuevas tentaciones. «El que camina en integridad anda confiado, pero el que pervierte sus caminos sufrirá quebranto» (Prov. 10: 9). Se nos manda amar a Dios en forma suprema y a nuestro prójimo como a nosotros mismos; pero la experiencia cotidiana nos muestra que esta ley se pasa por alto (Deut. 6: 5: Lev. 19: 18, Mat. 22: 38-39). La rectitud en la conducta y el pensamiento, y la integridad moral, nos brindarán el favor de Dios, y harán de nosotros una bendición para nuestros prójimos y la sociedad. Pero en medio de las diversas tentaciones que nos asaltan por todas partes, es imposible mantener una conciencia clara y la aprobación del cielo sin la ayuda divina y un principio que nos impulse a amar la honradez por causa de lo correcto.

Un carácter que honre a Dios y beneficie a la humanidad es preferible a la riqueza. Es necesario poner un fundamento amplio y profundo que descanse sobre la Roca que es Cristo Jesús. Hay muchos que se consideran a sí mismos cimentados en el verdadero fundamento, cuyos actos incontrolados revelan que están edificando sobre arenas movedizas; pero la gran tempestad barrerá su fundamento y no tendrán refugio. […] Estas personas, ¿ven el futuro? ¿O están sus ojos demasiado empañados para ver, a través de las neblinas contaminadas de la mundanalidad, que el honor y la integridad no reciben recompensa en este mundo?

¿Recompensará Dios la virtud solamente con éxito mundanal? «Mira, he escrito tu nombre en las palmas de mis manos» (Isa. 49: 16, NTV) como heredero de honores eternos, de riquezas que nunca perecerán.— Signs of the Times, 7 de febrero de 1884.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS

Elena G. de White

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