13 de enero | Devocional: Exaltad a Jesús | La esperanza de los siglos

Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Romanos 5:5-6.

A través de los largos siglos de “tribulación y tiniebla, oscuridad y angustia” (Isaías 8:22) que distinguieron la historia de la humanidad, desde el momento en que nuestros primeros padres perdieron su hogar edénico hasta el tiempo que apareció el Hijo de Dios como Salvador de los pecadores, la esperanza de la raza caída se concentró en la venida de un libertador para librar a hombres y mujeres de la servidumbre del pecado y del sepulcro.

La primera insinuación de una esperanza tal fue hecha a Adán y Eva en la sentencia pronunciada contra la serpiente en el Edén, cuando el Señor declaró a Satanás en oídos de ellos: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” Génesis 3:15.

Al escuchar estas palabras la pareja culpable, le inspiraron esperanza; porque en la profecía concerniente al quebrantamiento del poder de Satanás discernió una promesa de liberación de la ruina obrada por la transgresión. Aunque le iba a tocar sufrir por causa del poder de su adversario en vista que había caído bajo su influencia seductora y había decidido desobedecer a la clara orden de Jehová, no necesitaba ceder a la desesperación absoluta. El Hijo de Dios se ofrecía para expiar su transgresión con su propia sangre. Se les iba a conceder un tiempo de gracia durante el cual, por la fe en el poder que tiene Cristo para salvar, podrían volver a ser hijos de Dios.

Mediante el éxito que tuvo al desviar al hombre de la senda de la obediencia, Satanás llegó a ser “el dios de este siglo”. 2 Corintios 4:4. Pasó al usurpador el dominio que antes fuera de Adán. Pero el Hijo de Dios propuso que vendría a esta tierra para pagar la pena del pecado, y así no sólo redimiría al hombre, sino que recuperaría el dominio perdido. Acerca de esta restauración profetizó Miqueas cuando dijo: “Oh torre del rebaño, la fortaleza de la hija de Sion vendrá hasta ti: y el señorío primero”. Miqueas 4:8…

Esta esperanza de redención por el advenimiento del Hijo de Dios como Salvador y Rey, no se extinguió nunca en los corazones de los hombres. Desde el principio hubo algunos cuya fe se extendió más allá de las sombras del presente hasta las realidades futuras. Mediante Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Sem, Abrahán, Isaac, Jacob y otros notables, el Señor conservó las preciosas revelaciones de su voluntad. Y fue así como a los hijos de Israel… Dios hizo conocer los requerimientos de su ley y la salvación que se obtendría mediante el sacrificio expiatorio de su amado Hijo.—La Historia de Profetas y Reyes, 502-503.

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DEVOCIONAL

EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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