13 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

La naturaleza ofrece mensajes de esperanza y consuelo

Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos; van entre los montes; dan de beber a todas las bestias del campo; mitigan su sed los asnos monteses. Salmos 104:10, 11.

La naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor de Dios. Nuestro Padre celestial es la fuente de vida, sabiduría y gozo. Miren las maravillas y bellezas de la naturaleza. Piensen en su prodigiosa adaptación a las necesidades y a la felicidad, no solamente de los seres humanos, sino de todos los seres vivientes.
El sol y la lluvia que alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y los valles, todos nos hablan del amor del Creador. Dios es el que suple las necesidades diarias de sus criaturas. Ya el salmista lo dijo en las bellas palabras siguientes: “Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo. Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente”. Salmos 145:15, 16.
Dios hizo a Adán y a Eva perfectamente santos y felices; y la hermosa tierra no tenía, al salir de la mano del Creador, mancha de decadencia ni sombra de maldición. La transgresión de la ley de Dios, de la ley de amor, fue lo que trajo
consigo dolor y muerte.
Sin embargo, en medio del sufrimiento resultante del pecado se manifiesta el amor de Dios. Está escrito que Dios maldijo la tierra por causa del hombre. Génesis 3:17. Los cardos y las espinas, las dificultades y pruebas que colman su vida de afán y cuidado, le fueron asignados para su bien, como parte de la preparación necesaria, según el plan de Dios, para levantarlo de la ruina y degradación que el pecado había causado.
El mundo, aunque caído, no es todo tristeza y miseria. En la naturaleza misma hay mensajes de esperanza y consuelo. Hay flores en los cardos, y las espinas están cubiertas de rosas.
“Dios es amor” está escrito en cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba. Los hermosos pájaros que con sus preciosos cantos llenan el aire de melodías, las flores exquisitamente matizadas que en su perfección perfuman el aire, los elevados árboles del bosque con su rico follaje de viviente verdor, todos atestiguan del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a sus hijos.—El Camino a Cristo, 7, 8.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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