11 de septiembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Bienintencionados o malintencionados, el evangelio progresa

«También me alegro de las debilidades, insultos, penas y persecuciones que sufro por Cristo». 2 Corintios 12:10, PDT

EN TODAS LAS ÉPOCAS LOS MENSAJEROS elegidos de Dios han sido víctimas de escarnio y persecución; no obstante, el conocimiento de Dios se difundió por medio de sus aflicciones. Cada discípulo de Cristo ha de ocupar su lugar en la predicación del evangelio, sabiendo que todo lo que hagan sus enemigos redundará en favor de la verdad.
El propósito de Dios es que la verdad se ponga sobre la mesa de discusión para que sea sometida a examen, a pesar del desprecio que se le haga. Tiene que agitarse el espíritu del pueblo; todo conflicto, todo vituperio, todo esfuerzo por limitar la libertad de conciencia son instrumentos de Dios para despertar las mentes que de otra manera dormitarían.
¡Con cuánta frecuencia se ha visto este resultado en la historia de los mensajeros de Dios! Cuando apedrearon al elocuente y noble Esteban por instigación del Sanedrín, no hubo pérdida para la causa del evangelio. La luz del cielo que glorificó su rostro, la compasión divina que se expresó en su última oración, llegaron a ser como una flecha aguda de convicción para el miembro intolerante del Sanedrín que lo observaba, y Saulo, el fariseo perseguidor, se transformó en el instrumento escogido para llevar el nombre de Cristo a los gentiles, a los reyes y al pueblo de Israel.
Mucho después, el anciano Pablo escribió desde su prisión en Roma: «Es verdad que mientras unos anuncian a Cristo con rectitud de intención, a otros los mueve la envidia y la rivalidad. […] Estos otros, en cambio, al anunciar a Cristo se dejan llevar de la ambición y de turbios intereses, pensando que con ello hacen más dura mi prisión. Pero ¡qué importa! Con segundas intenciones o sin ellas, Cristo es anunciado, y eso es lo que me hace y seguirá haciéndome feliz» (Fil. 1: 15-18, LPH).— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, pp. 57-59.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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