11 de marzo | Maranata: El Señor viene | Elena G. de White | Se requieren vestiduras blancas


Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mateo 22:11, 12.

El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo. A la iglesia “se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente”, “que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”.
El lino fino, dice la Escritura, “es las acciones justas de los santos”. Apocalipsis 19:8; Efesios 5:27. Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal.
La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros padres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén… Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó…
El hombre no puede idear nada que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia… Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente. “Yo te aconsejo—dice él—que de mí compres… vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez”. Apocalipsis 3:18.
Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartirnos a nosotros este carácter. “Todas nuestras justicias [son] como trapos de inmundicia”. Isaías 64:6.
Todo cuanto podamos hacer por nosotros mismos está manchado por el pecado. Pero el Hijo de Dios “apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él”. 1 Juan 3:5… Por su perfecta obediencia ha hecho posible que cada ser humano obedezca los mandamientos de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia.—Palabras de Vida del Gran Maestro, 252-254.

DEVOCIONAL MARANATA: EL SEÑOR VIENE
Elena G. de White
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