10 de octubre | Maranata: El Señor viene | Elena G. de White | Cristo en su segunda venida


Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea
semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder por el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. Filipenses 3:20, 21.

Cristo había ascendido al cielo en forma humana. Los discípulos habían contemplado la nube que le recibió. El mismo Jesús que había andado, hablado y orado con ellos; que había quebrado el pan con ellos; que había estado con ellos en sus barcos sobre el lago, y que en ese mismo día había subido con ellos hasta la cumbre del monte de los Olivos, el mismo Jesús había ido a participar del trono de su Padre. Y los ángeles les habían asegurado que este mismo Jesús a quien habían visto subir al cielo, vendría otra vez como había ascendido.—El Deseado de Todas las Gentes, 771.
La gloria de la humanidad de Cristo no se dejó ver cuando estuvo en la Tierra… La misma humanidad aparece ahora mientras desciende del cielo revestido de gloria, triunfante, sublime.—Carta 90, 1898.
Cristo vendrá en su propia gloria, en la gloria del Padre, y en la gloria de los santos ángeles. Millones de millones y millares de millares de ángeles… lo escoltarán en su camino. En lugar de la corona de espinas, él llevará una corona de gloria: una corona dentro de una corona. En lugar de ese antiguo manto de púrpura, estará vestido con un ropaje del blanco más puro, tanto que “ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”. Marcos 9:3. Y en su vestido y en su muslo habrá escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”. Apocalipsis 19:16—The Review and Herald, 13 de noviembre de 1913.
Todo el cielo se vaciará de ángeles, mientras los santos lo estén esperando, mirando hacia el cielo, como lo hicieron los galileos cuando ascendió desde el monte de los Olivos. Entonces únicamente los que sean santos, los que hayan seguido plenamente al manso Dechado, se sentirán arrobados de gozo y exclamarán al contemplarle: “He aquí, éste es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará”. Y serán transformados “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta”, aquella trompeta que despierta a los santos que duermen, y los invita a salir de sus camas de polvo, revestidos de gloriosa inmortalidad, y clamando: “¡Victoria! ¡Victoria sobre la muerte y el sepulcro!”—Primeros Escritos, 109, 110.

DEVOCIONAL MARANATA: EL SEÑOR VIENE
Elena G. de White
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