10 de octubre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Unidos a él para fructificar

«Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Pues una rama no puede producir fruto si la cortan de la vid, y ustedes tampoco pueden ser fructíferos a menos que permanezcan en mí». Juan 15: 4, NTV

NOS ENTREGAMOS DESCUIDADAMENTE al pecado porque dejamos de contemplar a Jesús. No consideraríamos tan livianamente el pecado, si apreciáramos el hecho de que es algo hiere profundamente a nuestro Señor. […]
Una justa apreciación del carácter de Dios nos capacitaría para representarlo ante el mundo. La aspereza, la rudeza en las palabras o los gestos, la conversación necia y las palabras apasionadas, no pueden darse en el creyente que mira continuamente a Jesús. El que habita en Cristo vive en un ambiente que destierra al pecado, y no permite la menor excusa para nada semejante.
La vida espiritual no se alimenta desde adentro, sino que obtiene su alimento de Cristo, como el pámpano lo toma de la vid. A cada momento dependemos de él, nuestra fuente de abastecimiento. Todas nuestras formalidades exteriores; las oraciones, los ayunos, y los donativos, no pueden ocupar el lugar de la obra interior del Espíritu de Dios en el corazón humano.— The Youth’s Instructor, 10 de febrero de 1898.
Cuando el creyente ha quedado completamente despojado del yo, cuando todo falso dios ha sido excluido del corazón, ese hueco es llenado por el influjo del Espíritu de Cristo. El creyente tiene la fe que purifica el corazón de la contaminación. […]
El creyente fiel y sincero es un pámpano de la Vid verdadera y produce ricos racimos de fruta para gloria de Dios. ¿Cuál es el carácter del fruto producido? El fruto del Espíritu es «amor», no odio; «gozo», no descontento y aflicción; «paz», no irritación, ansiedad y pruebas fabricadas. Es «paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gál. 5: 22).— Obreros evangélicos, sec. 7, p. 304.
Ninguna rama ha de recibir su sustento de la otra. Nuestra vitalidad ha de venir del tronco principal. Unicamente por medio de una unión personal con Cristo, de una comunión diaria y permanente con él, es que podremos llevar los frutos del Espíritu Santo. […]
Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo y del grado de fe que ejercitemos en él. Esta es la fuente de nuestro poder en el mundo.— Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 45.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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