10 de Octubre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | Pureza

Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. 1 Timoteo 4:12.

Al aceptar a Cristo como su Salvador personal, el hombre es colocado en la misma íntima relación con Dios como su amado Hijo, y disfruta de su favor especial. Al asociarse íntimamente con Dios es honrado y glorificado, y su vida está escondida con Cristo en Dios. ¡Oh, qué amor maravilloso!
Esta es mi enseñanza acerca de la pureza moral. Cuando se trata de desarraigar el pecado, la exposición de la negrura de la impureza no tendrá la mitad del efecto como la presentación de estos temas tan grandes y ennoblecedores… La Biblia, y únicamente ella ofrece las verdaderas lecciones acerca de la pureza. Entonces, prediquemos la Palabra.
Tal es la gracia de Dios, y tal el amor con el cual nos ha amado, aún cuando estábamos muertos en transgresiones y pecados, enemigos en nuestras mentes a causa de las obras impías, esclavos de diversas pasiones y placeres y apetitos pervertidos, siervos del pecado y de Satanás. Cuán profundo es el amor manifestado por Cristo al transformarse en la propiciación de nuestros pecados. Mediante la ministración del Espíritu Santo las almas son guiadas a encontrar el perdón de los pecados.
La pureza, la santidad de la vida de Jesús tal como se la presenta en la Palabra de Dios, poseen un mayor poder para reformar y transformar el carácter que todos los esfuerzos realizados para ilustrar los pecados y crímenes de los hombres con sus seguros resultados. Una mirada resuelta al Salvador levantado sobre la cruz, hará más para purificar la mente y el corazón de toda impureza, de lo que podrán lograr todas las explicaciones científicas expuestas por la lengua más hábil.
Ante la cruz el pecador observa toda la desemejanza de su carácter al de Cristo. Ve las terribles consecuencias de la transgresión; odia el pecado que ha practicado antes, y se aferra de Jesús por medio de una fe viviente. Ha juzgado su grado de pureza a la luz de la presencia de Dios y de los seres celestiales. La ha medido con la norma de la cruz. La ha pesado en las balanzas del santuario. La pureza de Cristo le ha revelado al hombre su propia impureza en sus colores más odiosos. Entonces se aparta del pecado degradante, mira a Jesús y vive.
En Cristo encuentra un carácter cautivante, impresionante y atractivo. El es quien murió para librarlo de la deformidad del pecado, por lo cual declara con los labios temblorosos y los ojos arrasados en lágrimas: “El no habrá muerto por mí en vano”. “Tu bondad me ha engrandecido”.—Carta 102, 1894.
Ninguna influencia se puede igualar al sentimiento de la presencia de Dios, como escudo contra la tentación e inspiración para buscar pureza y verdad.—La Educación, 255.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS
Elena G. de White

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