10 de enero | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White | Orar en sumisión a la voluntad de Dios

Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre. Lucas 21:36.

Oren a menudo a su Padre celestial. Cuanto más a menudo se dediquen a la oración, tanto más cerca será llevada su alma dentro de la sagrada proximidad de Dios. El Espíritu Santo intercederá en favor del que ora con sinceridad con gemidos que no pueden ser expresados con palabras, y el corazón será ablandado y subyugado por el amor de Dios. Las nubes y sombras que Satanás echa sobre el alma serán disipadas por los brillantes rayos del Sol de justicia, y las cámaras de la mente y del corazón serán alumbradas por la luz del Cielo.
No se desanimen si parece que sus oraciones no obtienen una respuesta inmediata. El Señor ve que la oración está mezclada a menudo con mundanalidad.
Los seres humanos oran por aquello que satisfará sus deseos egoístas, y el Señor no cumple sus pedidos en la manera que ellos esperan. Los pone a prueba, los lleva a través de humillaciones hasta que vean más claramente cuáles son sus necesidades.
No da a los seres humanos aquellas cosas que complacerán un apetito pervertido y que resultaría en perjuicio del agente humano, llevándolo a deshonrar a Dios.
No da a las personas aquello que complacerá su ambición y obrará simplemente para su autoexaltación. Cuando acudimos a Dios debemos estar dispuestos a someternos y a ser contritos de corazón, subordinándolo todo a su santa voluntad.
En el Getsemaní, Cristo oró a su Padre diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. Mateo 26:39. La copa que pidió que fuese pasada de él, que parecía tan amarga a su alma, era la copa de la separación de Dios a consecuencia del pecado del mundo. Él, que era perfectamente inocente e inmaculado llegó a ser como un culpable delante de Dios, para que el culpable pudiera ser perdonado y permanecer como inocente delante de Dios.
Cuando se le aseguró que el mundo no podría ser salvado de ninguna otra manera que no fuera por su sacrificio, dijo: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú”. El espíritu de sumisión que manifestó Cristo al ofrecer su oración ante Dios, es el espíritu que es aceptable a Dios. Que el alma sienta su necesidad, su impotencia, su insignificancia, que todas sus energías estén inspiradas en un ferviente deseo de ayuda, y la ayuda vendrá.—The Review and Herald, 19 de noviembre de 1895. Ver En Lugares Celestiales, 91.

Elena G. de White

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