10 de agosto | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White

En la naturaleza se ven el amor y la gloria de Dios

¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites? Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Salmos 8:4, 5.

Nuestro bondadoso Padre celestial quiere que sus hijos confíen en él como un niño confía en sus padres terrenales. Pero demasiado a menudo vemos a los desalentados y débiles mortales sobrecargados con cuidados y perplejidades
que Dios nunca se propuso que llevaran. Invirtieron el orden; están buscando primero el mundo, y haciendo secundario el reino de los cielos. Si aún Dios cuida al gorrioncillo que no conoce su futura necesidad, ¿por qué el tiempo y la atención de los seres humanos, que fueron hechos a la imagen de Dios, deben estar completamente enfrascados con esas cosas?
Dios nos ha dado evidencias completas de su amor y cuidado, y sin embargo, cuán a menudo fallamos en discernir la mano divina en nuestras múltiples bendiciones.
Cada facultad de nuestro ser, cada soplo de aire que inspiramos, cada comodidad de la que gozamos, viene de él. Cada vez que nos reunimos alrededor de la mesa familiar para participar del refrigerio, deberíamos recordar que todo esto es una expresión del amor de Dios. ¡Y vamos a tomar el don y negar al Dador!…
Cuando Adán y Eva fueron colocados en su hogar del Edén, tenían todo lo que un Creador bondadoso podía darles para aumentar su comodidad y felicidad.
Pero se arriesgaron a desobedecer a Dios, y por lo tanto fueron expulsados de su hermoso hogar. Fue entonces cuando el gran amor de Dios se nos expresó en un don, el de su amado Hijo. Si nuestros primeros padres no hubieran aceptado el don, hoy la raza humana estaría en la aflicción más desesperada. Pero cuán alegremente aclamaron la promesa del Mesías.
Es el privilegio de todos aceptar a este Salvador, llegar a ser hijos de Dios, miembros de la familia real y sentarse al fin a la mano derecha de Dios. ¡Qué amor, qué maravilloso amor es este! Juan nos exhorta a contemplarlo: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1.
A pesar de que sobre la tierra fue pronunciada la maldición de que produciría espinas y cardos, hay una flor en el cardo. En el mundo no todo es tristeza y desgracia. El gran libro de la naturaleza de Dios está abierto para nuestro estudio, y de él debemos obtener más excelsas ideas de su grandeza y amor y gloria insuperables.—The Review and Herald, 27 de octubre de 1885.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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