10 de agosto | Dios nos cuida | Elena G. de White | Las cláusulas del pacto

Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos. Éxodo 19:5.

En el principio Dios dio su ley a la humanidad como medio de alcanzar felicidad y vida eterna. Los Diez Mandamientos, harás, no harás, son diez promesas seguras para nosotros si prestamos obediencia a la ley que gobierna el universo. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Juan 14:15. He aquí la suma y la sustancia de la ley de Dios. Las bases de la salvación para cada hijo e hija de Adán se encuentran bosquejadas aquí…

La ley de los diez preceptos del mayor amor que se le pueda presentar al hombre, es la voz de Dios procedente del cielo que formula al alma esta promesa: “Haz esto y no estarás bajo el dominio y la dirección de Satanás”. No hay puntos negativos en esa ley, aunque así lo parezca. Es HAZ y vivirás.

La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres: perfecta obediencia a la ley de Dios, perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo. Se le abriría la puerta al pecado con todo su séquito de dolor y miseria para siempre.

Cristo no disminuye las exigencias de la ley. En un lenguaje inconfundible, presenta la obediencia a ella como la condición de la vida eterna: la misma condición que se requería de Adán antes de su caída… El requisito que se ha de llenar bajo el pacto de la gracia es tan amplio como el que se exigía en el Edén: la armonía con la ley de Dios, que es santa, justa y buena.

La norma de carácter presentada en el Antiguo Testamento es la misma que se presenta en el Nuevo Testamento. No es una medida o norma que no podamos alcanzar. Cada mandato o precepto que Dios da, tiene como base la promesa más positiva. Dios ha hecho provisión para que podamos llegar a ser semejantes a él, y cumplirá esto en favor de todos aquellos que no interpongan una voluntad perversa y frustren así su gracia.

*Año bíblico: Jeremías 1-3.

DEVOCIONAL DIOS NOS CUIDA

Elena G. de White

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