1 de mayo | Una religión radiante | Elena G. de White | ¡Ha perdonado mis pecados!

«Y sucedió que le llevaron un paralítico tendido sobre una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados”». Mateo 9: 2

AQUEL PARALÍTICO HABÍA PERDIDO toda esperanza de recuperación. Su situación era resultado de una vida pecaminosa, y el remordimiento agravaba su sufrimiento. […] Su gran deseo era obtener alivio de su carga de pecado. Su anhelo era ver a Jesús, y recibir de él la seguridad del perdón y la paz con el cielo. Después estaría contento de vivir o morir, según la voluntad de Dios. […] Pidió a sus amigos que lo llevaran en su camilla a Jesús, cosa que ellos se dispusieron a hacer con agrado. Pero era tal la muchedumbre que dentro y fuera de la casa donde se hallaba el Salvador, que era imposible para el enfermo y sus amigos llegar hasta él. […]

Una y otra vez los que llevaban al paralítico procuraron en vano abrirse paso entre el gentío. El enfermo miraba en torno suyo con indescriptible angustia. ¿Cómó podía abandonar toda esperanza, cuando el tan anhelado auxilio estaba allí mismo? Por indicación suya, los amigos lo subieron al tejado de la casa, y haciendo una abertura en él, lo bajaron hasta los pies de Jesús.

El discurso quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido dél enfermo, y vio sus ojos implorantes fijos en él. Conocía perfectamente el deseo de aquella alma agobiada. Era Cristo el que había llevado la convicción a la conciencia dél enfermo, cuando estaba aún en su casa. […] Cristo era quien había atraído al que sufría. Y ahora, con palabras que eran sublime melodía para los oídos a los cuales eran destinadas, el Salvador dijo: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados» (Mat. 9: 2).

La carga de culpa se desprende de él. Ya no puede dudar. […] La’esperanza reemplaza a la desesperación, y el gozo a la tristeza deprimente. Desaparece el dolor físico y todo el ser del enfermo es transformado. Sin pedir más, reposa silencioso y tranquilo, demasiado feliz para hablar.— El ministerio de curación, cap. 5, pp. 41-43.

 

UNA RELIGIÓN RADIANTE

Reflexiones diarias para una vida cristana feliz

Elena G. de White

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